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Jueves, 30 de junio de 2005


Esas cosas sin nombre propio

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Leo y releo tu respuesta, una y otra vez y siento como las pupilas se me dilatan cuando veo tus palabras al otro lado de la pantalla.
Nunca imaginé que encontrarme con la forma de expresarse de quien hasta ahora era un extraño, pudiera llegar a producirme una conmoción tan intensa, tan similar a un primer contacto de una piel con otra.
En algunos momentos me produce escalofríos, el hecho de que hayas alcanzado con una simple mirada a mis palabras, eso tan íntimo, tan personal, tan escondido y que sin conocerme en absoluto, lo hayas llamado por su nombre.
Muchas veces hablamos de cosas que no tienen nombre propio, de los restos de los añicos de la vida, que se van posando en el fondo del alma. Si tuviera que describírtelos, no podría, no sabría hacerlo. Desconozco las palabras para ello, sólo queda una punzada en el corazón, una sombra que pasa, un suspiro, aunque me gusta pensar que en algún momento y en algún lugar, todo acaba teniendo sentido.
¿Que se me escapa la vida en las palabras y va hacia tí?
Sé ahora, que no me he confundido, que entiendes, que conoces. Es la manera en que podemos hacer que este viaje sea real y que nuestra compañía no sea imaginaria, sinó una de esas cosas sin nombre, que nos produzca un suspiro, una punzada real y placentera.
No voy a utilizar la lógica en este camino, aún siendo un instrumento muy útil en la vida, porque nuestro camino, nosotros, no estamos en la vida. En nuestro camino no rigen las leyes de las relaciones, ni tampoco tiene nombre. ¿Porqué habría de tener un nombre nuestro camino?. Nuestro camino debe ser un lugar privado, en el que todas nuestras creencias puedan materializarse, en el que ambos podamos depositar nuestra alma en manos del otro, aún sin habernos visto y sabiendo que esta entrega, se convierte en un hilo de seda de una telaraña de palabras, que ambos sujetamos, cada uno en un extremo, y que si cualquiera de los dos suelta, provocará la caida del otro.


Escrito por ainhn El 06/30 a las 12:57
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Cuando los milagros se dan, este tipo de milagros, uno no acaba de creer. Es como una teofanía, así de excepcional. Nuestras vidas no están enfocadas hacia lo mágico.
Cunado uno habla de conocerse quiere significar ir a un pub a tomar algo, encontrarse rostro con rostro.
Uno normalmente no cree que dos seres se encuentren más allá del cuerpo, por pactos que los unen, y se pongan de acuerdo para entrar en contacto aquí, real o virtualmente. Entra dentro de la ciencia ficción. Damos vuelta la página, para no saber más.
Llevamos una carga de objetos adentro, hechos añicos. Gritamos “¡No quiero sufrir!” en tanto nos aferramos dulcemente a nuestro dolor, con miedo de no volver a encontrarlo... ¡tanto lo amamos!
Son tan difíciles las palabras... y sólo eso tenemos, un puñado de flores negras y retorcidas en ramillete, que te ofrendo, me ofrendas, letras en un papel, que ni eso son de tan virtual y tenue que es este hilo que nos une.
La tuya fue una carta suicida, dijiste bien. El amor lo es. El amor es ir hacia el otro y desintegrarse. Quizá por eso el sexo nos hace felices, porque es el momento en que nos olvidamos de nuestro ego para ir hacia el otro, dejamos el yo para ser algo más, un ángel resplandeciente y bisexuado, un andrógino.
Quizá sí estemos en la vida, en la verdadera, más allá de esta, en una totalidad sin fin cronológico que abarca la órbita más allá del tiempo y del espacio.
Hablas de un hilo de seda de una telaraña de palabras, otra manera de ver a mi ramillete, tenue y virtual.
¿Caminamos sobre esa cuerda, el uno hacia el otro? ¿Caeremos? ¿Tendermos miedo de caer? ¿Lo intentamos?


Comentario de Equis el el 06/30 a las 23:40

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